Hace 10 años pedalearon por mí

Autora: Génesis Hernández Díaz

Hace diez años conocí a Mishell. No sabía entonces que su existencia en mi vida cambiaría mi forma de habitar la ciudad. En esos tiempos, yo ya estaba enamorada de la movilidad urbana… pero bueno, esa es otra historia.

Estábamos en un curso juntas. Ella llegaba y se iba en bici. Una vez me atreví a preguntarle de dónde venía, si le daba miedo andar en bicicleta. Me respondió con una sonrisa enorme y poderosa, desde su bici, con una seguridad que en ese entonces yo no comprendía:

—No, está muy chido. Me gusta mucho.

La invitación que cambió todo

Me platicó que formaba parte de una colectiva llamada Femibici. Me invitó a rodar con ellas. Le dije que gracias, que luego. Esa plática la tuvimos un par de veces más. Después terminamos el curso y solo coincidimos entre likes y corazones en la virtualidad, siempre admirando su trabajo y el de la colectiva.

Pasaron los años. Y seguía invitándome a rodar con la misma emoción del primer día.

Yo nunca le dije a Mishell que no sabía andar en bici.

La biciescuela y el poder del acompañamiento

En 2018 decidí ir a una biciescuela y conocer a todas esas maravillosas mujeres que la organizaban, que donaban su tiempo para compartir saberes, experiencias y sentires con mujeres desconocidas. El único vínculo en común era compartir los mismos miedos en la misma ciudad.

Repito: yo ya trabajaba temas de movilidad urbana, pero nunca había estado en un espacio así: tan cálido, tan fuerte, lleno de cuidado y ternura.

Era domingo por la mañana. Llegué y vi a muchas mujeres apropiándose del espacio público con sus bicis. Casi podía escuchar que gritaban: “La ciudad también es nuestra”. Eran amables, serenas, con esa energía que no intimida, sino que te abraza.

Libertad y ternura sobre dos ruedas

Hablamos de miedos y de libertad. De la autonomía como derecho. De lo que significa moverse sin permiso. Y aunque en ese momento no lo entendía todo con claridad, sentía que pertenecía a ese instante. En sus palabras encontré paciencia. Había cuidado.

Ese día, aprendí a andar en bici gracias a estas maravillosas mujeres. A ese trabajo, entrega, pasión. Al intercambio de saberes, miedos, sueños y ternura.

No pude estar más agradecida. Las abracé. Y supe. Supe que quería que más mujeres y niñas sintieran lo mismo que yo sentí:

Libertad. Confianza. Poder.

Pedalear por nuestras ciudades, nuestras vidas

Quería que salieran a las calles, a pedalear por sus derechos, por sus ciudades, por sus vidas. Que no tuvieran que esperar a tener compañía o permiso. Que no tuvieran miedo. Que supieran que la ciudad también les pertenece.

Fue ahí cuando decidí que quería contribuir a lo que estas mujeres comenzaron hace casi quince años: exigir espacios justos, movernos seguras y sin miedo, impulsar políticas públicas que escuchen las necesidades reales de las mujeres, de las niñas, de todas las personas que habitan y habitarán nuestras ciudades.

Gracias, Femibici

Hoy solo puedo decir: gracias, gracias, gracias.
Gracias, Femibici.
Gracias a todas las mujeres que pedalearon por mis derechos.
A las que hoy pedalean acompañadas por decisión y no por imposición.
A las que seguramente nos encontraremos en la calle pedaleando por la igualdad y los derechos de las mujeres que habitan y habitarán estas ciudades en un futuro.

Hace diez años pedalearon por mí.
Pero en realidad tienen quince años pedaleando por todas.

Gracias, Femibici.
Gracias a todas las mujeres que pedalean por la igualdad y nuestros derechos todos los días, porque de esa manera también construimos ciudad.



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