Autora: Triana E. Zepeda Saldaña
Fundadora de Transeúntas
@tttrianazs / @transeuntas
En muchas esquinas de la ciudad, donde el concreto marca el ritmo apurado de la vida urbana, hay cuerpos que se detienen, que se encuentran, que bailan. En plazas, banquetas, parques y frente a fachadas espejadas de oficinas, mujeres en busca de movimiento, personas adultas mayores, jóvenes y disidencias convierten los espacios públicos en pistas de baile improvisadas.
Ahí, entre bocinas y pasos improvisados o ensayados, se despliega una coreografía individual o colectiva que desborda las funciones utilitarias del espacio urbano. El cuerpo que baila en la ciudad reclama un lugar, no solo físico sino simbólico: donde pueda expresarse, habitar y moverse libremente. Este acto sencillo y cotidiano desafía las normas del espacio público y visibiliza a quienes suelen ser marginados en la vida urbana.
El espacio público no es neutro
El espacio público está cargado de normas, expectativas y jerarquías que determinan quién puede estar, cómo comportarse y qué usos son permitidos. En este contexto, el cuerpo es el primer medio con el que habitamos y desafiamos esos límites. Caminar, sentarse, correr, descansar, bailar: todas son formas de acuerpar la ciudad, de marcarla con presencias frecuentemente invisibilizadas.
Bailar en el espacio público interrumpe la rutina urbana. La transforma momentáneamente en algo distinto: un espacio vivo, afectivo, permeado por el ritmo. El cuerpo en movimiento rompe con el tránsito funcional y se vuelve presencia, ocupación con libertad, generando nuevas narrativas del cuerpo en un lugar.
Cuerpos y prácticas diversas
Por las mañanas, en muchas plazas, grupos de mujeres adultas se reúnen a ejercitarse bailando. Lo hacen al ritmo de cumbias, pop o reggaetón, con bocinas portátiles. Forman filas, sudan, se acompañan, disfrutan. Más allá del ejercicio, estas reuniones son actos de autocuidado y apropiación del espacio público.
En un entorno urbano donde se sienten inseguras o excluidas, estas prácticas son estrategias para hacerse visibles, construir confianza, resistir al mandato de estar quietas o encerradas. Cada risa y cada gota de sudor compartido es una coreografía de solidaridad. Estos parques se transforman en gimnasios comunitarios, redes de apoyo, lugares de empoderamiento.
Cuerpos mayores que resisten
En muchas ciudades de México, los parques se llenan de danzón, de pasos pausados pero firmes. Las personas adultas mayores que bailan en el espacio público ejercitan su cuerpo y su memoria. Bailar en la vejez no es nostalgia, es afirmación de vida.
El cuerpo maduro se vuelve archivo vivo, contenedor de historias. Cada vuelta y cada giro reafirma una identidad que no se deja encerrar. Cuando estos cuerpos se mueven, nos recuerdan que el espacio público no tiene edad, que la ciudad debe ser para todas las etapas de la vida. Las plazas se llenan de dignidad, memoria y alegría.
Juventudes que se reflejan y se expresan
Frente a fachadas de negocios cerrados o edificios de oficinas, grupos de jóvenes ensayan coreografías: K-pop, hip hop, freestyle. Convierten la ciudad en aula, estudio de danza y comunidad creativa. El cristal refleja sus movimientos y su apropiación del entorno.
Estas juventudes resisten el juicio, la vigilancia, el adultocentrismo. Se muestran, se expresan, se graban. Usan la ciudad como extensión de sus deseos e identidades. Nos enseñan que habitar la ciudad también es crearla y bailarla.
Voguing: visibilidad y poder
Cuando cae la noche, un grupo de cuerpos se encuentra. No se esconden: brillan. Con tacones, maquillaje y movimientos que desafían el aire, «voguean». La comunidad trans, no binaria y queer hace del voguing una forma de existencia visible y radical.
Bailar en el espacio público es expresión, historia y política. Cada aparición pública afirma el derecho a existir con orgullo. Las calles se transforman en escenario y campo de batalla. Estos cuerpos desafían la norma y reimaginan la ciudad: más libre, diversa y colorida.
Bailar como forma de habitación y resistencia
Todas estas formas de baile se insertan como interrupciones poéticas en la rigidez de la ciudad funcional. Son formas de comunidad, de cuidado, de placer. Permiten ver la ciudad como territorio coreografiado. Cada paso y cada pausa dibuja otra forma de estar en el espacio.
En esta inscripción corporal se revela una dimensión política: bailar en público es hacer visible el derecho a estar, permanecer, gozar y expresarse. Sobre todo en contextos donde lo público está regulado para mujeres, juventudes, personas mayores y diversidad sexogenérica.
Bailar es un acto político
Bailar en el espacio público es más que movimiento: es ocupación, presencia, resistencia. En ciudades marcadas por la vigilancia y el miedo, moverse con alegría es desafiar el orden urbano. Es romper con la lógica del consumo y del cuerpo disciplinado.
Cada cuerpo que baila desestabiliza jerarquías. El baile recupera el derecho a la ciudad. Es encuentro, creación y afecto. Bailar es habitar con dignidad, afirmar la existencia, decir con el cuerpo lo que se nos niega con palabras. Cuando la plaza se llena de música, se llena de posibilidades.
Imaginemos una ciudad que se deja bailar
Quizás, si pusiéramos atención a esos cuerpos en movimiento, podríamos imaginar una ciudad distinta: una ciudad que también se disfruta bailando.
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