Los lugares que transitas también te pertenecen

Autora: Ximena Torres

¿Quién tiene derecho a llamar suyo un espacio? ¿Quién puede exigir que sea más inclusivo, más accesible y más cómodo para su experiencia? Esto no debería limitarse sólo a quienes lo habitan de forma permanente, sino también a quienes lo recorren día a día. Al fin y al cabo, transitar un lugar también implica habitarlo, aunque sea de forma distinta.

Crecimiento urbano sin planeación

No es secreto que en áreas metropolitanas como la de Guadalajara, la vida ha ido más rápido que la planeación.

Las “salidas” de la ciudad que nuestros papás y nuestros abuelos recordaban, hoy son las colonias en las que vivimos y vamos a la escuela.

Ahí las casas llegaron antes que las calles —con todos los servicios que contiene una calle y que la hacen diferente a un camino— y, con las prisas, nadie alcanzó a predecir el espacio que ocuparían todas las personas que llegarían a esas periferias que no dejaban de extenderse.

El caso de Bosques de Santa Anita

Tal vez en los años 70, nadie se imaginó el espacio que una persona ocuparía al caminar entre los muros altos e interminables que encierran los fraccionamientos privados del sur de Guadalajara.

Específicamente, de la zona de Bosques de Santa Anita en el municipio de Tlajomulco de Zúñiga.

Ahí el primero en llegar fue el Club de Golf, un condominio exclusivo construido sobre la avenida Adolfo López Mateos y los límites del Bosque de la Primavera.

Hoy el precio de sus casas ronda los 21 millones de pesos.

Evolución de la zona

Alrededor de las bardas perimetrales del Club se acomodó el Boulevard Bosques de Santa Anita, y poco a poco otros fraccionamientos también abrazaron el camino.

A partir de 2006 llegó la primera de las cinco escuelas que hoy existen en la zona y, aproximadamente diez años después, las primeras plazas comerciales.

Frente a todo eso, cruzando López Mateos, los pueblos de Santa Anita y San Agustín, fueron testigos de los cambios. Finalmente, esas comunidades existen desde hace más de 400 años.

Sin embargo, desde los años 70 ha pasado mucho tiempo y en la imaginación tapatía ya caben paradigmas de movilidad en los que los caminos se han transformado en calles que permiten que las personas caminen con dignidad y seguridad. Donde además hay transporte público y caben medios de transporte diversos.

Movilidad cotidiana en la zona

En esos territorios soñados, las señoras empleadas como trabajadoras del hogar remuneradas no deberían tener la necesidad de caminar hasta una hora, entre las bardas perimetrales de los fraccionamientos y los coches, por una banqueta de un metro de ancho. Medio metro si se atraviesa un poste, y bajarse a andar por el arroyo vial cuando los arbustos sin podar invaden la acera por completo.

El profesor que imparte clases desde las 7 de la mañana en uno de los colegios privados de la misma zona no tendría que esperar hasta media hora formado detrás de otras cincuenta personas que aguardan su turno para subirse a un mototaxi, o a un Tsuru, que funciona como taxi colectivo, y que les cobra 15 pesos por transportarlos un par de kilómetros hacia su destino.

En los mejores escenarios, incluso el trabajador de la construcción, que prefiere llegar a la obra en su bicicleta para no tener que esperar ni gastar dinero en mototaxis, tendría un carril seguro, exclusivo para bicicletas.

Reconfiguración vial que ignora a quienes transitan

Pero las cosas no son así, porque a través de los años, cuando el Boulevard Bosques de Santa Anita se ha reconfigurado —después del temporal de lluvias de 2019, cuando las inundaciones destruyeron por completo la vialidad, y luego otra vez en 2023 para intentar aminorar las congestiones automovilísticas—, han dejado fuera las experiencias de movilidad de estas personas que no tienen una propiedad en la zona, pero que la frecuentan al menos cinco de los siete días de la semana.

Uno de los últimos cambios en la vialidad sucedió en septiembre de 2023, cuando las autoridades hicieron espacio para un nuevo carril en el Boulevard —sin modificar el ancho de la calle, solo mediante balizamiento con pintura— porque la congestión vial de las mañanas se había vuelto insoportable para los vecinos.

Sucede que, como en esa ocasión, las modificaciones de la calle son resultado de las peticiones de las asociaciones de vecinos de los fraccionamientos, que por necesidad o comodidad llegan y se van de su casa en carro.

Y, ¿cómo podría ser de otra forma?, si el transporte colectivo en la zona se limita a los días entre semana de las 8 de la mañana a 7 de la tarde. Los sábados dan servicio solo por la mañana.

Fuera de ese horario hay que pagar un taxi privado o caminar entre media y una hora dependiendo cuál sea el destino a lo largo de los cuatro kilómetros del Boulevard.

¿Quién habita verdaderamente un territorio?

Las experiencias en auto son valiosas, pero no deberían estar por encima de las personas que, sin carro, también se mueven por la zona casi todos los días para llegar a su trabajo.

No hace falta tener una propiedad en un lugar para habitarlo, incluyendo esos territorios que parecen inhabitables.

Transitar un espacio debería ser suficiente para tener voz sobre él, porque en el transitar también se configura nuestra vida.

La movilidad cotidiana como derecho

Por eso algunas expertas, como la urbanista chilena Paola Jiron, se han empeñado en poner la lupa en las experiencias cotidianas al estudiar la movilidad urbana, porque reconocen que en lo cotidiano se construye identidad, se forman relaciones y se enfrenta o se desafía la rutina y el hábito.

Puesto de manera más sencilla, es fácil imaginar que si a diario nos tenemos que enfrentar a trayectos largos, cansados e incómodos, nuestros ánimos y nuestro rendimiento empeorarán.

Una responsabilidad colectiva

Las personas que transitan por un territorio son tan habitantes como los demás y es una responsabilidad colectiva que sus necesidades de movilidad sean tomadas en cuenta.

Tal vez las personas que trabajan alrededor del Boulevard Bosques de Santa Anita no cuentan con los mismos recursos, por ejemplo, de tiempo, para articularse como las asociaciones vecinales, pero tampoco debería faltar que levantaran la voz para exigir su derecho constitucional a una movilidad segura, accesible, eficiente, sostenible, igualitaria y de calidad.

En este texto se hace referencia a la zona de Bosques de Santa Anita en el sur del Área Metropolitana de Guadalajara, pero la reflexión se puede acomodar a cualquier lugar del país.

Porque incluso las zonas más ricas —donde todos pueden costear un coche y su infraestructura— atraen viajes de personas que quieren y necesitan moverse de otras maneras.

A pesar de las barreras físicas con las que han vendido exclusividad en las ciudades, en la práctica de habitar se desdibujan los límites sociales y económicos más rígidos.


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